S eda,
del autor italiano Alessandro Baricco, es apenas un librito
de unas sesenta y seis páginas en las que se ensartan
sesenta y cinco minúsculos capítulos rebosantes
de ansias y vida, que se muestran al lector en una literatura
intensa que esculla melancolía y luz por los cuatro puntos
cardinales.
Hervé
Joncour es un joven destinado a la vida militar a quien el azar
le inyecta en el alma la inquietud de perseguir repetidamente
una utopía que la sucesión de los hechos le impiden
alcanzar.
Cuando
los deseos y los dolores que sentimos no tienen nombre, inventamos
historias extrañas para hacernos entender, y apenas si
logramos aproximarnos de forma apagada a lo que queríamos
decir, y nos quedamos con la insatisfacción agridulce
de no conseguir más que muy parcialmente comunicar a
nuestros semejantes lo que hervimos por dentro, y nos lastima
el ácido de la incomunicación.
Alguien
es capaz de llegar desde Francia hasta el Japón como
quien llega al final del mundo en busca de una fantasía,
y termina sus días en Francia contemplando las ondas
levísimas de un lago casi inmóvil.
De ritmo muy
estudiado, tan medido que llega a detener el paso del tiempo
cuando alcanza el borde del paraíso soñado, el
argumento está reducido al hueso, como el producto resultante
de una elaboración trabajosa que apenas deja un poso
traslúcido en el fondo del crisol.
El viaje
se reemprende repetidamente en el mes de octubre, cuando se
acerca el invierno, y termina con el regreso al claustro de
partida en el mes de abril, la naturaleza puja bajo la tierra,
contando los pasos uno a uno de entrada a lo perfecto como si
cada paso tuviese su propio nombre.
Ternura, erotismo
y despojamiento. Es el desdoblamiento de un mismo sueño,
que se adivina bajo una túnica de seda, tan ligera, tan
suave, tan intangible, que el pudor la rechaza por su semejanza
a la nada.
Lavilledieu
es un pequeño pueblo francés que vive exclusivamente
del cultivo de la seda, y en 1861 se propaga una enfermedad
que ataca a los huevos de los gusanos de toda Europa, toda Africa
y toda Asia. Sólo existe una isla totalmente aislada
en medio de las islas del Japón en la que su propio aislamiento
ha preservado de la enfermedad los huevos de los gusanos de
seda.
A
partir de ahí Alessandro Baricco ha recreado un
mundo ideal que no existe. Una chica japonesa cuyos ojos
no tienen rasgos orientales. Una jaula enorme llena de
pájaros multicolores, como símbolo de la
fidelidad y la libertad. Una carta en papel de arroz y
tinta negra, apretada de ideogramas indescifrables, que
hormiguea entre las manos de Hervé y se transparenta
en su impenetrabilidad. Una geisha esquisita, que regala
flores azules en prueba de seducción...
Seda
no es una novela, no es un cuento, no es sólo una
historia de amor... Aunque también es todo eso.
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Capitulo
54 de SEDA
Al
comienzo del nuevo año - 1886 - Japón
declaró oficialmente lícita la exportación
de huevos de gusano de seda.
En
el siguiente decenio, la sola Francia llegaría
a importar huevos japoneses por diez millones de francos.
Desde
1869, con la apertura del canal de Suez, llegar a Japón,
por otra parte, habría significado no más
de veinte días de viaje.
Y
poco menos de veinte días volver.
La
seda artificial sería patentada, en 1884, por
un francés llamado Chardonnet
Alessandro Baricco
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--Amado señor mío:
No tengas miedo. No te muevas. Permanece en silencio. Nadie
nos verá...
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